Teatro y las cicatrices volviéndose tatuajes

Escrito el 17 de Enero del 2018, por admin.

Por: Felipe Parra @Mutantoide, Espectador de “Memorias Vivas” (2017)

Entonces uno camina y es domingo y se va a teatro en lugar de comer memes y criar panza. Es también diciente que las direcciones sean complicadas para llegar, que sea en el Centro Histórico de una capital, que las personas que están a cargo de esta procesión, la desarrollen en un proceso llamado Escuela Queer Teatro Las Aficionadas, Mujeres Al Borde, que en 2017 ya estemos hablando y con los cojones bien puestos sobre Memorias Vivas

… Y vean, creo que es una de las mejores decisiones de todo el año.

Cuando terminé de ver la obra pensé bien si debía o podía escribir. Igual, internet está lleno de expertólogos. Pero, quería decir y que alguien supiera de lo revitalizada que puede estar una persona gracias a una obra. Quiero desafiar un poco esa solidez con que afirmamos que ya tuvimos suficiente de un tema y que ya comprendemos la dimensión de lo que nos ha pasado. Y señalar esa tendencia a hablar de PosConflicto con la posmodernitis, de hacerlo pura fiebre durante un año y luego echarle una palada de tierra cuando ya no sea tendencia en el Twitter o Instagram de @MinCultura.

O podemos aceptar un número: existen 60.630 víctimas de desaparición forzada entre 1970 y 2015 según el Centro de Memoria Histórica –que proveyó el sustento sobre el cual se plantó y creció la obra-. Y si ese número de víctimas lo vamos a empezar a tomar en serio en este país, estaría buenísimo preguntarnos si estamos escuchando dentro del silencio conformista que nos rodea, la corporeidad que fue desplazada, por una sola forma de narrar lo posible para nuestro país. Y que no sabemos de estas desapariciones cuánto era queer, cuánto lesbiana, cuánto era travesti o transgénero.

Y como con las películas, sé que es difícil expresarlo en palabras, pero acá va.

Se abre el telón

Creo que es bonito que nos hablen de la vida de los pueblos en los textos de los personajes principales, no por un romanticismo de que la vida sea más fácil o más simple en ellos, sino porque es un secreto a voces que todos los colombianos somos #AgroDescendientes[i] pero tendemos a dar por sentado en nuestras percepciones que las zonas semiurbanas y rurales son heteronormativas. Y aunque en algunas partes, se siente cierto cliché en los diálogos, si uno analiza bien, ¿no está acaso la vida de pueblo llena de esos significados de sencillez, repetidos constantemente?

En esta parte inicial la obra también pone el marco del desarrollo del afecto interpersonal de las protagonistas, y uno tiene que estar atento a ese querer que le digan cuándo viene lo doloroso, el abuso, lo destructivo. Hay que poner atención en cómo uno quisiera que fuera el ritmo de lo que se le va a narrar y deshacerse de la ansiedad amarillista. Porque eso le permite a uno leer en las actrices su entrenamiento corporal para describir el personaje que están interpretando. No es casual, tampoco, que en el suelo del escenario a las principales protagonistas las rodee un atado de flores en círculo, como las que venden en plazas de mercado para baños de protección: manzanilla y albahaca y plantas digestivas sobre las que nos construyeron nuestr*s antepasad*s en la solidez de querer para nosotr*s un futuro mejor.

En la parte media de la obra, se abre la narrativa a segmentos de danza y buen juego de iluminación; también se usa el fuego para enfatizar puntos de viaje interior. Confesión: Preferiría que las decisiones técnicas expandan un poco más el uso del fuego, tal vez que hagan mayor parte de las secuencias de danza que entra en contacto con temas de acoso, trabajo diario o las aspiraciones de los personajes.

Los ojos y la expresión de los rostros de las actrices hacen un trabajo bastante limpio, una vitalidad que podría explotar de manera panfletaria, tiene visos de estallido controlado gracias a su conciencia de la relación con su espacio. En la danza, el contraste entre tallas físicas y la atmósfera capaz de expresar los actos violentos de forma estilizada, generó suficiente energía para tomar partido e identificarse rápidamente con las mujeres.

También creo que esta obra podría hacerle entender al público la gigantesca deuda que tiene el teatro capitalino colombiano con las narraciones desde y con los cuerpos afrodescendientes más allá del exotismo folclorista, cuando hablamos de nuestro Conflicto Armado. No, nunca jamás la raza deja de ser indiferente al desarrollo de una obra.

El final de la obra altera

Cuando las interpretaciones finales me dieron a entender que la mayor resistencia posible es la presencia activa, nació en mí la idea de que la creación de la cultura nueva en los tiempos de PosConflicto debe ser nutrida y que necesitamos visibilizarla con fuerza, en lugar de hacer 200,000 foros inútiles.

Minutos antes de terminar la obra, las diferentes actrices entregan un papel con un nombre elegido del material de estudio de la obra al público. Más allá del fetiche, el acto de compartir un nombre, como si fuera una fórmula secreta y al mismo tiempo algo escrito por cualquiera que se puede perder en cualquier momento, ¡te saca de tu cabeza porque ese proceso que viste en la obra tiene un nombre!

Ese otro que es tan frágil, en un contexto de cultura y economía tamizados por los actos sexuales de guerra, ese otro es como tú: el nombre ya está en tu memoria. ¿Qué lo activará? Depende de como tú,  fuera del espacio teatral, quieras apoyar a ese esfuerzo.

Para terminar…

Es difícil para un hombre darse cuenta cuántas veces ha hecho invisible a alguien. Cuántas veces se prefiere decir “y qué” a decir “yo también tengo monstruo”, cuando hablamos de esa intersección entre género, sexualidad y conflicto armado. Cuándo y cómo los referentes académicos fallan al conectar con ese presente en el cual todos depositamos los mismos miedos, las mismas esperanzas de habitar nuestro interior, en el cual las palabrasno saben lo difícil que es olvidarse lo que es uno para seguir viviendo” ya no son una estructura poético-dramática, sino también diagnóstico de nuestro ritmo cultural interno. El material con el que uno hace un futuro.

Cuando ví el tiquete de la obra, unas horas después, todavía sentía el sabor a mineral y dulce en mi boca. Como si hubiera comido un helado llorando.

Y si eso no es señal de una buena interpretación, no sé qué lo será.

[A Paul Vi (@Violacea_ ) y sus compañeras de obra: porque hay que ir por un helado]

* Las fotografías que acompañan este artículo fueron tomadas por Mateo Rodríguez.

[i] #AgroDescendientes hace referencia a tener antepasados que fueron campesinado, que vienen del agro colombiano. Aunque no es estrictamente académico el término, se empezó a usar desde el Paro Nacional Agrario del año 2013 de manera informal en las redes sociales colombianas, sobre todo Twitter.

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