Cómo el teatro me enseño que tengo un cuerpo

Escrito el 15 de Enero del 2018, por admin.

Por: Viviana Santos, participante Escuela Queer Teatro Las Aficionadas 2017

La relación que he tenido con mi cuerpo nunca ha sido la más saludable. Soy sedentaria por gusto y por pereza. Creo, a lo sumo, que la única actividad que hago con frecuencia es caminar, caminar mucho y a buen ritmo. Tuve durante muchos años luchas internas con mi cuerpo sobretodo cuando entré en esa etapa en la que las tetas aparecieron pero el cuerpo no correspondía, o mejor, la lectura que se hacía de ese cuerpo era que estaba incompleto.

No sé en qué momento empecé a tener pecas en cantidades significativas en el rostro y mucho menos sé cuándo los lunares empezaron a asomarse en manos, pecho y otras zonas. Eso sí, tengo seguridad de cuándo empecé a buscar productos cosméticos para cubrirlo todo y así no recibir las nocivas acusaciones de niños flacuchos que nada tenían de atractivo, pero que contaban con la posibilidad de tener una voz y un cuerpo en el espacio público y además, nunca eran sancionados por su estética o por sus usos discursivos y mucho menos por sus actuares y sus formas.

Crecí abriéndome paso en medio de un ambiente nocivo, en el que mi última opción era bajar de peso porque parecía esa ser la solución. Creí, torpemente, que apenas cruzara la puerta del colegio con un cartón que no me interesaba, todo iba a terminar, pero no fue así. Los dos primeros años de universidad pesaba a lo sumo 42 kilogramos; los huesos del rostro eran cada vez más notorios, las costillas se sentían mucho más al tacto y los desmayos y calambres se hicieron más frecuentes. Estar desnuda junto a alguien era un calvario así pasara por el ejercicio afectivo o el deseo inevitable de acostarme con alguien porque ahí, en medio de una cama que no era mía y junto a un cuerpo que probablemente nunca había sido señalado, yo empezaba a preguntarme qué era eso que estaba tan mal en un cuerpo que no lograba reconocerse en el tacto y la textura de una mano que le tocaba la espalda, pero a su vez evocaba la figura de otro cuerpo que no estaba en el espacio y que probablemente nunca sería el mío.

Decidí entonces limitar mis interacciones, usar ropa para ocultarme, incluso ser huraña y dejar que el cuerpo desapareciera, que se convirtiera en una suma de huesos, carne y tejido adiposo que me permitía respirar pero nunca, nunca, entenderlo como un escenario de lucha política, ni como un espacio para habitarse. Me habían desterrado de la vitalidad hecha fuerza y yo había decidido aceptar tal humillación sin pelear ni reclamar.

Lloré, insulté a otras mujeres, las empecé a ver como mis enemigas porque estéticamente poseían las cualidades que yo nunca iba a tener. Volví a dejar de comer. Volví a dejar de relacionarme y en medio de los soliloquios me repetía que era mejor no preguntarse, que hay espacios que no son para una, que hay un adentro y un afuera, y estar afuera era mi lugar. Me volví más agresiva conmigo, me dolía pararme frente a un espejo desnuda, enumeraba día tras día lo que no me gustaba y si el ejercicio hubiera consistido en tachar aquella parte con las que no estaba a gusto, yo hubiera tenido una hoja con una equis gigante y un cuerpo hecho escombros tras mi propio decir.

Hace un par de meses empecé a leer a Roxane Gay y aunque su historia está cruzada por muchas variables distintas, para mí era una posibilidad de entender que el cuerpo que tengo, ese cuerpo que habito a regañadientes está lleno potencia que no es brutalidad.  Ella tiene razón, escribir sobre el cuerpo resulta mucho más difícil que reseñar el libro para la materia que más se odia, porque al final el libro se cierra y se acaba el asunto; pero hurgar, rebordear las fronteras de un cuerpo que se replegó resulta más difícil, al no saber por dónde empezar a narrar y transcribir, al no saber que herida abrir, que recuerdo dejar transmutar en la palabra y gesto, si todo hace daño.

Escuela Queer Teatro Las Aficionadas: La Iniciación

 

A la par había iniciado un ejercicio autobiográfico que me decía que algo había cambiado y aún así no lo había contemplado como un triunfo. Durante siete meses atravesé la ciudad para ir a clases de teatro. El día de la audición, lo primero que dijo la persona a cargo fue que durante años nos habían dicho que no podíamos, que no éramos buen*s para nada, que nuestros cuerpos estaban mal, que era mejor que diéramos un paso al lado porque para el mundo solo éramos estorbo.Yo solté un par de lágrimas mientras la escuchaba porque en medio de los susurros oía la voz de mi papá, de mis tíos, de mis compañeros de universidad, los susurros de todos que cada vez tenían más fuerza y me convencían de que lo que decían era cierto.

Antes de que cada un* hiciera su audición repitió algo que al día de hoy no olvido, a pesar de todos los vericuetos del camino, y era que a pesar de todo eso, nosotr*s mism*s nos íbamos a demostrar que éramos capaces de hacerlo todo y que ese era un espacio diseñado para hacerlo real. Me levanté y en medio del miedo representé un monólogo que días antes había escrito en uno de mis diarios. A la semana siguiente me llamaron para decirme que era parte del grupo de teatro.

Luego de la audición salí caminando por las calles de “La Candelaria” y en silencio pensaba en algo que he intentado describir de una manera más profunda: La potencia no es brutalidad. Para Spinoza la potencia, a pesar de nunca haberla definido, es la actividad, no la posibilidad o potencialidad que es pasiva sino la esencia activa por medio de la cual se producen efectos inherentes a su naturaleza y permite conservación.

Cuando leí por primera vez a Paul B. Preciado  en “Testo Yonqui”, retomaba el tema de la potencia en relación con la fuerza de trabajo propuesta por Marx, y explicaba que cualquier cuerpo posee una potencia masturbatoria y que puede producir capital fijo. Añadía que la potentia gaudendi o ‘fuerza orgásmica’ era esa potencia actual o virtual mediante la cual un cuerpo es excitado de manera total y esa potencia es una capacidad indeterminada, no reconoce sexo, género, especie, orientación sexual ni pondera unas zonas corpóreas sobre otras. Esa fuerza orgásmica es la suma de la excitación que reside en cada molécula viva y no pretende una resolución inmediata del deseo sino puede llegar a extenderse en el espacio y el tiempo. Esa fuerza permite transformar el placer-de en un placer-con y reúne todas las fuerzas somáticas y psíquicas que se ponen en marcha cuando interactuamos con alguien sea cual sea nuestra intención. Esa potencia es fuerza y vitalidad.

Entendí entonces por medio del teatro que mi cuerpo es fuerza, y que es mi decisión convertirla en brutalidad en el cuerpo de un* otr*, o elegir transitar esa fuerza hacia otros espacios y formas. Entendí clase tras clase, que ese cuerpo que yo había olvidado era capaz de hacer contact dance, de cargar un cuerpo sobre el suyo y brindarle seguridad a pesar de lo agresiva de la escena, aprendí a soportar la presión, las luces, los ojos mirando a lo lejos cada movimiento que yo hacía en el escenario. Entendí que ese cuerpo del cual había renegado era el que me permitió comprender que tengo un cuerpo que puede reconocerse más allá del dolor, que responde a la textura, la cadencia y el tacto y eso era muy significativo tras meses de autosabotaje corporal.

Memorias Vivas: La culminación

 

En medio de los aplausos de esa noche, las lágrimas y las palabras que cada persona profirió yo había reconocido algo que había ignorado durante meses y me repetía esas líneas de mi poema favorito de Juan Manuel Roca: No hay coyote ni chacal, /no hay hiena ni jaguar, /no hay puma ni lobo / que no huyan / cuando el fuego /conversa con el aire. 

Los feminismos me ha dado muchas claves para reconocerme y para evidenciar asuntos que antes pasaban desapercibidos, gracias a ellos comprendí que mi lugar en el mundo también es político pero el teatro, esa acción práctica que me permitió el golpe directo con mis miedos y que fueron ahuyentados por medio de la palabra y el fuego me permitieron reencontrarme y narrarme de otra forma. Ese año, el año que acaba de pasar, tuve fuerza para ser Cindy Lauper y para mimetizarme en un papel totalmente agresivo que hizo llorar a mi mamá, al verme convertida en algo que no soy, pero que son muchas personas que repiten cada día que no somos más que un estorbo y que es mejor dar un paso al lado.

Este cuerpo, extraño, disidente y curvo: existe.

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